El primer poeta de Chile

08/08/2016

El primer poeta de Chile

Don Alonso de Ercilla y Zúñiga nació en Madrid el 7 de agosto de 1533. Su padre, Fortunio García de Ercilla fue magistrado y miembro del Real Consejo. Alonso no le conoció, pues murió un año después de su nacimiento. Su madre, doña Leonor de Zúñiga debió encargarse de la educación de sus hijos, pasando al servicio de la infanta doña María, hermana de Felipe II.

Ercilla se desempeñó, hasta la muerte del soberano, como paje. A él dedicaría las tres Partes de su poema épico, pues Felipe II fue asiduo y atento lector de esta obra que iba a inmortalizar, en el campo de las letras, su reinado en un imperio donde “no se ponía el sol”. En el ambiente culto de una Corte que favorecía las artes, no es de extrañar que La Araucana refleje un profundo conocimiento de autores medievales, renacentistas y latinos, así como dar cuenta de los debates políticos e ideológicos de su tiempo.

Ercilla viajó por Austria, Flandes, Germania, Italia e Inglaterra. A fines de 1555, dos años después de la muerte del fundador de Chile, Pedro de Valdivia, el joven Alonso pasó a las Indias, permaneciendo en el Perú hasta mediados de 1557. En el mes de julio arribó a las costas de La Serena, para incorporarse de lleno como expedicionario y combatiente, debiendo enfrentar al único pueblo americano invicto ante los ejércitos hispanos: el mapuche. Tal fue la impresión del primer bardo de la América del Sur ante los fieros y aguerridos mapuches, que comenzó a tomar notas y apuntes para lo que iba a ser su grandioso poema épico.

Poco más de dos años permanecería Ercilla en la Capitanía de Chile, pero ese breve e intenso periplo iba a constituir el más vivo cerne de inspiración para su obra literaria, cuyo desarrollo y término acontecería en Madrid. La Primera Parte de La Araucana fue publicada en 1569; la Segunda, en 1578, y la Terxera, en 1589. Luego vendrían dos publicaciones sucesivas del texto completo, a fines de 1589 y en 1590.

Alonso de Ercilla y Zúñiga murió en Madrid, en el año 1594, a los sesenta y un años de edad.

Aquí llegó, donde otro no ha llegado,
don Alonso de Ercilla, que el primero,
en un pequeño barco deslastrado,
con solos diez pasó el desaguadero
el año de cincuenta y ocho entrado
sobre mil y quinientos, por febrero,
a las dos de la tarde, el postrer día,
volviendo a la dejada compañía.

Así narra el primer contacto hispano con Chiloé, el archipiélago que, a partir de 1567, merced al conquistador Martín Ruiz de Gamboa, llevaría el nombre de Nueva Galicia, por su asombroso parecido geográfico con el Reino de la Galicia atlántica. El propósito de Ercilla era llegar hasta el Estrecho de Magallanes, el punto más austral de los intereses imperiales de España, llave marítima entre los dos grandes océanos, puerta por donde ya comenzaba a vislumbrarse la amenaza de los corsarios ingleses. Pero las precarias condiciones de los navíos les hicieron regresar.

A comienzos de 1560 viaja Ercilla al Perú, donde el Virrey le nombra “gentilhombre lanza”, con lo que pasa a formar parte de la escogida escolta del regente de Indias. No obstante, decide regresar a España. Luego de una “enfermedad larga y estraña”, según sus propias palabras, zarpa en 1563 para el Viejo Mundo. Ha dicho adiós, definitivamente, al Nuevo Mundo, pero lleva en su alma y en sus meticulosos y caligráficos folios uno de los poemas épicos mayores de la literatura universal.

La Araucana es una virtual autobiografía de su bardo, puesto que narra sus experiencias y peripecias en los indómitos territorios del fin del mundo. Ercilla canta y glorifica las hazañas del conquistador hispano, a la par que destaca y encomia la bravura y nobleza del pueblo mapuche (araucano, según denominación usada entonces), al que suele emularlo con los héroes griegos, a usanza de la estética neoclásica del Renacimiento europeo.

La forma métrica escogida es la octava real, incluyendo exordios e introducciones de temas a los morales a los Cantos. Hasta la imitación de episodios o recursos de estilo basados en las estructuras empleadas por el poeta Ariosto, su modelo literario, junto al latino Lucano, cantor de las luchas entre César y Pompeyo.

En sus treinta y siete Cantos, La Araucana narra la conquista española en los extensos territorios mapuches del centro y sur de Chile, desde el gobierno de Pedro de Valdivia hasta el de García Hurtado de Mendoza. “En la tradición de la épica de corte histórico, –apunta Isaías Lerner- Ercilla añade al relato de la rebelión indígena elementos ficticios que alejan el poema de lo particular histórico y lo insertan en lo universal poético; mediante descripciones y profecías, relatos amorosos y episodios alejados de la acción central, las veinte batallas, asaltos, encuentros y correrías, ya minuciosamente descritos, ya apenas mencionados, adquieren una dimensión épica que otorga a esta campaña, acaecida en los confines del mundo conocido, un intenso carácter literario”.

Pocos saben que Beatriz de Castro, Condesa de Lemos, escribió un poema encomiástico de La Araucana, antes que fuese publicada. Por ello, suponemos, que conoció a don Alonso de Ercilla, quizá en alguna de aquellas tertulias de la culta Corte de Felipe II. Dicen los cronistas que la noble dama gallega era famosa por su deslumbrante hermosura.

Luis Moure Mariño recoge, en su libro “Apuntes para la historia de Monforte de Lemos”, un bordoncillo de Arce de Solórzano que reza:

De las carnes, el carnero;
de los peces, el mero;
de las aves, la perdiz;
y de las mujeres, la Beatriz”.

Es muy posible que Ercilla se haya prendado de la Condesa; por algo es privilegio de poetas y de trovadores el “vivir enamorado”.

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Edmundo Moure