Carta de Ignacia Biskupovic a Yasna Pradena

Fecha

Del 15 al 21 de marzo de 2021.

Jueves 12 de noviembre de 2020

Querida Yasna:

Esta es una carta que quería escribirte hace tiempo. He estado siguiendo tu trabajo y devenires con la mediación artística en el otro lado del mundo, desde que partiste a España a estudiar. La pensé varias veces, sin poder escribirte antes, porque siempre falta tiempo para detenerse a reflexionar y sobran plazos por cumplir (¿habrá que revisar eso también?). Cuando Aiskoa me invitó a participar en esta correspondencia, y me preguntó por alguna mediadora que trabajara en España, pensé en ti sin darle vueltas.

Entramos a trabajar juntas en 2015 al Museo de la Solidaridad Salvador Allende (MSSA), meses antes de que ganaras la beca de estudios. Recuerdo cómo tuvimos que aprendernos de memoria algunos textos oficiales para hacer recorridos conversados según el guión preestablecido, sin salirse mucho de la planificación, de los objetivos generales y específicos, o de las horas pedagógicas. Me acuerdo de las conversaciones después de cada visita, de las buenas y de las no tanto. Qué había salido bien, qué cosas fueron incómodas, o qué había que cambiar, pero, sobre todo, nos preguntábamos qué tan conectada estaba nuestra labor con el quehacer de profesoras y profesores, o de la realidad e intereses de los y las estudiantes, lejos del aura de la obras de arte resguardadas en cuidadas exposiciones. Aun así, recuerdo recorridos que hicimos juntas en los que se dieron profundas conversaciones donde también, gracias a tu experiencia en el teatro, exploramos otras estrategias pedagógicas y artísticas a partir del cuerpo, la performance y los juegos. Algunas conversaciones terminaron con unas cervezas heladas por ahí después del trabajo, para seguir hablando de lo que estábamos haciendo como mediadoras. De preguntarnos acerca de las rígidas estructuras de la educación formal que tanto nos hacían ruido y, sin embargo, se hace tan difícil dejar de replicarlas en el contexto museo.

Creo que perseverar en ese inconformismo, junto al trabajo que hemos desarrollado como equipo en el MSSA, nos ha permitido explorar varias formas de entender la mediación artística. Desde 2018 trabajo como encargada en un nuevo programa en el área Programas Públicos, que se implementó a raíz de Haciendo Barrio, una exposición co-creada con vecinos y vecinas del barrio República (donde se ubica el museo) ese año en el MSSA. Empezamos a prepararla un año antes, a través de una serie de encuentros y talleres artísticos abiertos a la comunidad durante meses. Nos reuníamos después del cierre a público para habitar e imaginar nuevos vínculos con el barrio y el museo. También salimos varias veces a la calle todas juntas como equipo, desde mediadoras -nosotras- hasta la coordinadora, provistas de un carrito, mesas, sillas, guirnaldas y talleres incluidos (de pronto, una se transforma en un ekeko de tanto acarrear cosas. ¿Les pasa lo mismo allá a ustedes?), con el propósito de conocer a pie nuestro barrio y las personas que le dan vida.

Antes de finalizar la muestra, se nos acercó un grupo de vecinas y vecinos para manifestarnos su interés en continuar con los encuentros y talleres en el museo. Por una parte, quedé sorprendida al dimensionar lo importante que había sido para varias personas -incluyéndome- la práctica habitual de juntarse en el museo a compartir a través de la creación colectiva; pero, por otra parte, me pareció que era algo esperable y, sobre todo, un buen augurio. Y una tremenda responsabilidad.

Las artistas ya habían cerrado sus talleres y finalizado sus respectivos contratos. El dinero del fondo público que permitió financiar el proyecto había sido debidamente rendido y no teníamos presupuestado estos talleres en la programación de ese año que empezaba. Hicimos asambleas con las personas interesadas para decidir qué grupos mantener y qué esfuerzos comunes hacer para proyectarlos en el tiempo. Así, continuamos con textil y fotografía, e implementamos una pequeña Huertoescuela en el antejardín del museo. A falta de dinero, había mucho entusiasmo por profundizar en los nuevos conocimientos compartidos. ¿Y si ahora eran las y los participantes quienes facilitaban nuevos talleres abiertos a la comunidad? Puse a disposición mi experiencia como mediadora para apoyarles en la implementación de estas actividades que se levantaron de cada grupo, y así fue como surgieron los primeros talleres gratuitos gestionados con vecinos y vecinas en el verano de 2019.

Fueron buenos talleres. Recuerdo con cariño cómo la mansarda del museo una tarde se inundó del ruido de casi una docena de máquinas de coser durante el taller de introducción a la costura, facilitado por Saña Textil, que en ese momento participaba del grupo. Hasta se nos cayó la electricidad un par de veces. Carla, vecina y textilera, realizó un taller de ilustración textil, que planificamos juntas desde el inicio, donde las participantes trabajaron en retratos que obtuvimos calcando nuestros rostros en micas transparentes. Con el grupo de foto nos quedamos una noche para experimentar con tomas de larga exposición y, otras tantas, nos visitaron artistas o curadoras. Paralelamente, en el exterior del museo construimos camas de cultivo para hortalizas y plantas medicinales, que esperamos hacer crecer en el antejardín del museo.

A pesar de lo bien que lo pasamos en esos encuentros, y de lo mucho que aprendimos junto a vecinos y vecinas acerca de otras formas habitar un museo, esta experimentación no fue fácil. Más allá de las jornadas de trabajo que empezaron a extenderse en horas extras, creo que no siempre se entendía dentro de la institución este nuevo vínculo con la comunidad. O al menos no lo entendíamos de la misma manera. Por ejemplo, en un principio hubo quienes consideraban necesario hacer una distinción en los talleres facilitados por la misma comunidad y los talleres hechos por artistas profesionales, de manera que los primeros no llevarían el nombre de “taller”, sino que otra cosa, como “encuentro”, para hacer notar esa diferencia. Felizmente, luego de discutirlo, esa idea no prosperó y los talleres llevaron el nombre que merecían. Diseñamos afiches para invitar a nuevas personas a participar e indicamos en la convocatoria que eran talleres gratuitos facilitados por vecinos y vecinas, abiertos a la comunidad barrial y a todas las personas que desearan participar. Tuvimos buena convocatoria, lo que nos permitió conocer otras personas que sumaron nuevas miradas al trabajo de huerta, foto y textil. Esa apertura, además de reconocer el mismo valor, tanto en el trabajo de artistas profesionales como el de la comunidad, permitió afianzar los lazos de afecto que habíamos empezado a hilvanar tiempo atrás. Hoy, a mediados de este inusual 2020, se cumplen casi dos años desde los primeros talleres que empezamos a ensayar juntas y que se mantienen hasta hoy.

Al asumir como encargada de Vinculación con el Territorio, me sumé activamente al quehacer del grupo de Textil, que siguió trabajando a pasos agigantados. Pasaron a entenderse a sí mismas como un colectivo al alero del museo, al que llamaron Textileras MSSA. Actualmente es un grupo heterogéneo de mujeres, de distintas edades, que se organiza en torno a la recuperación del tejido social mediante los oficios textiles que comparten cada vez que salen a la calle a marchar con sus lienzos, o a hacer talleres abiertos a la comunidad con el apoyo del museo. Este crecimiento vertiginoso ha significado también buscar diversas formas de sostener este trabajo en el tiempo, sin descuidar el trato respetuoso con la comunidad, sus ritmos y sus intereses. En el caso de las Textileras, por ejemplo, a mediados de año ganamos un fondo público que nos permitió invitar a artistas a hacer nuevos talleres, así como remunerar los talleres realizados por ellas mismas. También pudimos adquirir nuevos materiales, incluyendo (el sueño de) la máquina de coser común.

La revuelta social de octubre 2019 nos encontró en esa búsqueda de nuevas actividades co-creadas en los ahora consolidados programas de Textileras MSSA, Brigada Fotográfica Barrio República y Huertxescuela.

Lo que pasó después en Chile se supo en todas partes. Empezó como evasiones masivas en el metro de Santiago, lideradas por estudiantes secundarios en solidaridad con sus familias afectadas por un alza en el precio del pasaje del transporte público, y ha devenido en multitudinarias protestas en distintas ciudades del país, donde nos manifestamos por una sociedad más digna basada en el reconocimiento de derechos fundamentales que no pueden ser vendidos. Las grandes concentraciones derivaron en huelgas generales que fueron violentamente reprimidas por la policía y hubo disturbios en distintas partes de las ciudades. Santiago se paralizó por unos días y, obviamente, los museos cerraron indefinidamente.

Pasaron unos días antes de poder reunirnos como equipo del MSSA para resolver qué hacer. Existía el deseo de abrir el museo como un espacio de ayuda a la comunidad, pero no sabíamos muy bien cómo. En eso, contactamos a la nueva Junta de Vecinos que había asumido hace poco más de un mes. Conseguí su teléfono gracias a una de las Textileras y los llamamos. A poco más de una semana del estallido social se realizó en el museo el primer Cabildo del barrio República, un encuentro convocado por la misma comunidad para debatir abiertamente sobre la situación país y sus implicancias en el territorio. Desde ahí surgieron decenas de actividades y otros cabildos organizados por la comunidad con el apoyo del museo. No solamente facilitamos los espacios del MSSA, sino que también participamos de varias de las actividades y propusimos otras cuantas. La organización barrial se multiplicó y surgieron nuevos colectivos con los que tejer nuevos lazos de colaboración, como la Asamblea Autoconvocada del Barrio República, con sus más de doce comisiones, como Autoformación, Niñez o Pueblos Originarios.

Por su parte, las Textileras llevaron sus talleres a la plaza del barrio e hicieron un llamado a la comunidad a expresar, a través de los hilos y las agujas, sus ideas y sentimientos durante los días de revuelta social. Dedicamos varias tardes de sábado a la creación de un gran lienzo textil con los bordados que cada persona realizó. Con Huertxescuela seguimos la iniciativa de las Textileras de salir a la plaza, y realizamos un taller de medicina natural para el autocuidado, en el que preparamos ungüentos y otros productos a base de hierbas que repartimos entre las personas que participaron, mientras que la Brigada Fotográfica salió a registrar los rayados de protesta que aparecieron en los muros y en las calles en el barrio.

En suma, desde el 24 de octubre de 2019, día que se realizó el primer cabildo del barrio República, al 31 de enero de 2020, cuando celebramos un Malón comunitario y constituyente, realizamos alrededor de 30 encuentros y talleres coorganizados con la comunidad vecinal. En estas iniciativas participaron cerca de 2.000 personas, de un total anual de 10.400 visitas presenciales ese año. El compromiso entre las personas que estábamos ahí era cada vez mayor. Las organizaciones barriales nos hacían llegar completas propuestas de actividades para realizar en el museo. Eran tantas, que teníamos que decidirnos por algunas y, aún así, teníamos varias actividades por semana que ocuparon nuestra agenda durante tres meses, mientras muchos museos continuaban cerrados.

Estoy convencida de que toda esa intrincada red de creación y afectos que iniciamos nos ha mantenido juntas durante el confinamiento que vivimos gran parte de este 2020. Con los tres programas diseñamos actividades a distancia, gracias a la exploración de todas las tecnologías a nuestro alcance y la necesidad de acompañarnos en momentos de crisis e incertidumbre. Las vecinas y los vecinos me enseñan permanentemente a trabajar de manera colectiva, mientras intento poner a disposición todos mis conocimientos tecnológicos piratas para no dejar de encontrarnos desde el hacer. Con las Textileras hemos terminado recientemente la Nueva Constitución. Se trata de un libro textil realizado a través de talleres virtuales abiertos a la comunidad, donde cada participante hizo llegar su página para conformar el libro con los derechos fundamentales que debería garantizar esta nueva carta. Porque, con encierro y todo (o quizás, por lo mismo), no quisimos abandonar la reflexión sobre el proceso constituyente que había iniciado la revuelta social de octubre.

En medio de nuestros experimentos con distintas plataformas digitales, que fueron los meses más duros de contagios y muertes debido al Covid-19, se nos acercó un grupo de vecinas para hacer una importante solicitud. Querían trasladar el Comedor Popular Margarita Ancacoy al museo (una olla común autogestionada que surgió para paliar el hambre en plena crisis sanitaria), ya que no tenían un lugar fijo donde funcionar. Si bien había muchas ganas de apoyar la iniciativa, también había mucho temor, sobre todo por las medidas sanitarias. Tuvimos varias conversaciones como equipo, y nos dimos cuenta de que había un grupo de trabajadoras dispuestas a apoyar la iniciativa. Empezamos a ir al museo los jueves y domingos para sumarnos a las labores de las voluntarias: lavar, pelar papas, cocinar, limpiar, subir y bajar escaleras. Una vez más, me vi aprendiendo de la organización rigurosa de las vecinas, pero también de su profunda convicción y solidaridad con el barrio. El comedor funcionó dos meses y medio en el museo, para luego partir otros dos meses más a un centro cultural vecino. En estos momentos se encuentran en un sindicato del barrio, y así se han ido tejiendo nuevas redes de colaboración.

Llegado este punto tengo que hacerte una aclaración: esta es una carta tramposa. Te he contado más de los aciertos que de las dificultades. Esta apertura también ha sido incómoda, porque ha significado hacer las cosas de una forma mucho más pausada y consultiva. Coordinar con distintos colectivos y organizaciones autónomas requiere de horarios distintos, así como conversaciones más largas para decidir qué iniciativas se apoyarán desde el museo, al igual que en qué consiste ese apoyo. Resolver juntas cómo ese trabajo convive con las exposiciones y el resto del quehacer del MSSA, o cuántos recursos y jornadas laborales hay que destinarle. Aunque no ha sido fácil, la importancia del vínculo con la comunidad empieza a ser reconocida por el barrio, pero también por colegas de museos e instituciones culturales, lo que también ha significado un reconocimiento dentro del mismo MSSA.

Quedan desafíos siempre. Cada cierto tiempo me preguntan si es que no estamos haciendo el trabajo que corresponde a otra disciplina u otra institución. Si acaso esto no debería hacerlo la municipalidad o el gobierno local. Si es contraproducente involucrarse tanto con una comunidad, o si estamos evangelizando en nombre del museo. Así que cada cierto tiempo tenemos que insistir en que el trabajo de vinculación con el territorio no arriesga el quehacer curatorial y artístico del museo, sino que lo complementa y enriquece. Que la mediación artística con obras y exposiciones continúa siempre, pero también se retroalimenta de las metodologías participativas que desarrollamos con la comunidad. Y así podemos ver a vecinos y vecinas sumarse a charlas, conversatorios y talleres organizados por otros equipos o áreas de un museo, porque también las sienten un poquito suyas.

Lo bueno de todo esto, es que no estamos inventando nada nuevo. Cuando el cansancio pasa la cuenta volvemos a los escritos de Mário Pedrosa (1960) -uno de los fundadores del MSSA en 1971- y su idea de museo como casa de experimentos, en la que las obras son esas acciones experimentales de participación, juego y creación compartida. Nos encontramos con nuevas constelaciones de artistas y colegas de distintos contextos y latitudes que ya han trabajado en esto tantas veces, de tantas formas. Como el colectivo artístico austríaco WochenKlausur (1994) que invita a distintos miembros de la comunidad a discutir a bordo de un bote en un lago Zurich sobre complejos problemas que los dividen, como la precariedad de las trabajadoras sexuales asociada al consumo problemático de drogas. O el Museo Mapuche de Cañete en el sur de Chile, que sirve de abrigo a activistas mapuche que son perseguidos por la policía que, incluso, intentó incendiar el museo como represalia. Frederico Morais y los Domingos da criação (1971) en Brasil, entre Tropicalia, los Parangolé de Helio Oiticia y las performances abiertas a la comunidad que se hicieron en el Museo de Arte Moderno de Río, durante la dictadura militar.

Aquí sumamos entonces otro documento -una carta- a este mapa de trabajadoras demasiado optimistas, o bien, pesimistas al servicio de la vida, parafraseando al escritor bosnio Ivo Andric.

Un abrazo grande, tu amiga
Ignacia

 


Ignacia Biskupovic

(Santiago, 1987)
Artista visual y educadora. Vive y trabaja en Santiago de Chile. Ha participado en distintas iniciativas que vinculan las artes y la pedagogía crítica, entre ellas Nube Lab, taller que promueve experiencias educativas desde las herramientas del arte contemporáneo. Diseñó e implementó el taller de Autoedición en Liceo Herbert Vargas Wallis, establecimiento educacional para adultos privados de libertad en la Ex Penitenciaría de Santiago. Actualmente, es encargada del programa Vinculación con el Territorio del Área Programas Públicos en el Museo de la Solidaridad Salvador Allende, donde su investigación, tanto teórica como práctica, explora la mediación artística orientada al desarrollo comunitario, a través del codiseño de programas y actividades junto a vecinos y vecinas del museo. También se desempeña como docente del curso interdisciplinar “Comunidades y prácticas artísticas” en la Universidad Alberto Hurtado


CoRЯespondencias es un proyecto de mediación cultural, en el que se comparten experiencias de 15 mediadores de España y Chile a través del intercambio epistolar. 

Semanalmente publicaremos una carta hasta el 21 de junio.

Imagen realizada por Simón catalán ilustrando la carta de Aiskoa

Más información:

Imagen Simón Catalán Molina

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