Desde el CCESantiago te recomendamos XII

Por Helena Bricio

Fecha

Del 18 al 24 de junio de 2020.

Durante estos meses de pandemia hemos podido observar cómo cambian las ciudades, cómo se vacían, cómo la naturaleza sigue su propio orden independientemente de nuestra presencia, y cómo ha cambiado también la “banda sonora” de las ciudades. Hemos cambiado el sonido de los coches por el silencio y la melodía del viento, el sonido de las personas caminando por el de los pájaros cantando, el sonido de las voces humanas por el sonido de las lluvias…

Son innumerables los/as artistas que han basado sus obras en las plantas o los/as bailarines/as que han danzado en la naturaleza, comunicándose con ella a través de sus cuerpos. La poesía, la literatura, el teatro… Imaginarios en los que escritores/as y dramaturgos/as se inspiraron en las plantas y la naturaleza para crear obras. También hubo y hay músicos que, por supuesto, se inspiraron en las plantas para crear una banda sonora; comunidades que cantaron y cantan a la naturaleza; músicos que experimentan con grabaciones de campo de los sonidos de la naturaleza para crear obras musicales, e incluso artistas como Mileece Abson quien hace música con plantas capturando el sonido de éstas y procesándolo electrónicamente después.

¿Y si fuese al revés? ¿Y si nosotros/as tuviésemos la capacidad de inspirar a las plantas para ayudarles en su crecimiento? Las plantas, como seres vivos, aprenden y se comunican entre sí, y distintos estudios como el llevado a cabo por Dorothy Retallack en 1973 en The Sound of Music and Plants (“El sonido de la música y las plantas”), concluyen con que las plantas cuentan con órganos sensoriales que les permiten captar lo que sucede a su alrededor y expresarlo. En este estudio, se analizaron dos grupos de plantas y su relación con la música: por un lado, un grupo de plantas escuchó rock durante tres horas al día y, por otro lado, otro grupo de plantas escuchó música suave durante tres horas al día. Se demostró que el crecimiento de ambos grupos era variable y que aquellas plantas expuestas a melodías más suaves dirigieron sus tallos hacia la fuente sonora y crecieron de forma sana. Siempre ha habido científicos/as y biólogos/as que cuestionaron y cuestionan el experimento de Retallack, pero otros/as, como el profesor de química de la Universidad de John Hopkins, Donald Hatch Andrews, asegura en The Symphony of Life (“La sinfonía de la vida”) que cualquier sonido musical vibra en el propio núcleo de los átomos, y por tanto, vibraría en las plantas también.

Siguiendo esta filosofía musical-vegetal, distintos compositores/as han creado piezas exclusivamente para las plantas. Entre ellas está “Plantasia, música cálida de la tierra para las plantas… y las personas que las aman”, un disco de culto publicado en 1976 por el músico canadiense Mort Garson cuyo trabajo se basó en la idea de la capacidad de las plantas para pensar y sentir. Mort Garson inspiró después a músicos como David Edren, quien publicó Music For Mimosa Pudica & Codariocalyx (“Música para Mimosa pudica y Codariocalyx”) mientras probaba sus composiciones en las plantas que iba cultivando. El misticismo que abarca la temática de las plantas y su capacidad para sentir las emociones, o si las plantas pueden crecer mejor con música, os lo dejo a vosotros/as para que experimentéis, y sobre todo, disfrutéis del sonido de la naturaleza y junto a vuestras plantas de estas dos selecciones que crean atmósferas meditativas capaces de calmar a un puma en su visita a la ciudad.

¡Que lo disfruten!

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